Neuroarquitectura: la nueva tendencia para diseñar oficinas centradas en las personas
La transformación de algunos lugares de trabajo incorpora criterios que buscan responder a las necesidades físicas y cognitivas de sus usuarios, abriendo también el debate sobre cuánto cuesta implementar estas soluciones y qué valor generan.
¿Se imagina una oficina diseñada para mejorar el bienestar de las personas o, incluso, su productividad? Distintos estudios ya están investigando si variables como la luz natural, el control del ruido, la ventilación, el contacto con vegetación y la posibilidad de elegir dónde y cómo trabajar tienen un impacto sobre la atención, el ánimo y la fatiga de los colaboradores, y si es posible controlar estos factores para generar entornos de trabajo más adecuados.
Se trata de la neuroarquitectura, o el estudio de cómo los espacios influyen en el bienestar y comportamiento de las personas, área que propone una mirada que va más allá de la distribución de los puestos de trabajo: iluminación, control del ruido, salas de descanso y zonas de concentración comienzan a integrarse en el diseño de esos espacios.
Según Carol Litin, gerente de Project & Development Services Chile de Cushman & Wakefield, en Chile esta tendencia se refleja en proyectos que priorizan el bienestar, la flexibilidad y la experiencia por sobre la eficiencia espacial. Luz natural, espacios colaborativos, diseño biofílico y estándares como WELL —centrado en medir y promover el impacto de los espacios en la salud y el bienestar de sus ocupantes—, comienzan a incorporarse para responder a nuevas expectativas y hacer más atractiva la presencialidad.
“Más que oficinas eficientes, las organizaciones están creando ecosistemas laborales que potencian la energía, la innovación y el sentido de pertenencia de sus equipos”, señala Litin.
Para Maureen Trebilcock, investigadora del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (Cedeus), la pandemia aceleró este cambio. El paso hacia modelos híbridos llevó a las empresas a buscar nuevas razones para volver a la oficina, dando mayor relevancia a la experiencia que ofrece el espacio.
Una investigación realizada por el centro entre 2020 y 2023 mostró que los trabajadores valoran atributos que van más allá del puesto individual, como espacios de socialización, contacto con la naturaleza, actividad física, seguridad y accesibilidad. “La oficina deja de entenderse solamente como un lugar donde se dispone un escritorio para trabajar y comienza a concebirse como un entorno que debe ofrecer una buena experiencia durante toda la jornada”, acota Trebilcock.
Por ello, plantea que el trabajo híbrido obliga al sector inmobiliario a generar espacios que entreguen un valor adicional a la presencialidad.
“Más que oficinas eficientes, las organizaciones están creando ecosistemas laborales que potencian la energía, la innovación y el sentido de pertenencia de sus equipos”
Carol Litin, gerente de Project & Development Services Chile de Cushman & Wakefield

Diseño basado en evidencia
Pero el impacto del entorno va más allá de la percepción de bienestar. Para Carmen Gloria Baeza Ugarte, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Tecnológica Metropolitana, UTEM, la neuroarquitectura parte de una premisa: “El espacio físico no es neutro”.
Ruido, iluminación, temperatura, ventilación, interrupciones y privacidad son estímulos que el cerebro procesa constantemente. Cuando el ambiente resulta incómodo, explica, parte de los recursos cognitivos se destina a adaptarse al entorno en lugar de concentrarse en las tareas laborales.
La evidencia disponible entrega señales sobre esta relación. Baeza destaca los estudios asociados al proyecto COGfx, de la Escuela de Salud Pública de Harvard, que encontraron un mayor desempeño cognitivo en trabajadores de edificios con ventilación mejorada frente a quienes se desempeñaban en condiciones convencionales o con mala calidad del aire.
Sin embargo, la especialista advierte que la neuroarquitectura todavía es un campo emergente, con estudios que presentan muestras pequeñas y mediciones que no siempre son comparables. Por ello, considera preferible hablar de “diseño basado en evidencia” y no utilizar la neuroarquitectura solo como etiqueta.

Bienestar como inversión
¿Cuánto implica para los desarrolladores incorporar estos criterios? Desde la perspectiva inmobiliaria, transformar una oficina existente no necesariamente requiere una inversión elevada. Así lo observa Litin, de Cushman & Wakefield. “En muchos casos, estas mejoras pueden implementarse mediante intervenciones de interiorismo y redistribución espacial, sin necesidad de grandes modificaciones estructurales. Sin embargo, lo que sí es necesario es contar con la mirada y asesoría de expertos, con equipos de alto nivel, que sepan cómo y qué estructuras se deben rediseñar”, analiza.
Por ello, Litin plantea que la neuroarquitectura no debería entenderse como un sobrecosto, sino como una inversión temprana en diseño que puede reducir futuras intervenciones y aportar valor al inmueble y a sus usuarios.
Para Baeza el cambio de paradigma que deben asumir las empresas y desarrolladores consiste en “ dejar de entender el bienestar como algo adicional a la productividad y empezar a comprenderlo como una condición para una productividad sostenible”.
Pese a ello, advierte que el alcance de estas intervenciones tiene un límite. “Ninguna cantidad de luz natural y plantas compensa una carga de trabajo imposible, o un clima laboral hostil. Un buen espacio físico ayuda mucho a nuestro desempeño y a nuestro bienestar emocional en el trabajo; pero es la mitad de la ecuación. La otra mitad sigue siendo cómo organizamos el trabajo”, afirma.



